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Dieciocho

Aurora boreal verde

Rondaba en mi mente, mientras el nuevo siglo asimila su mayoría de edad, que nada como una larga abstinencia para recordar el valor de lo omitido. Aquello que añoramos nos recuerda lo vivido. Como un fénix enterrado, que brota a la superficie, pues al parecer olvidamos que resurgen tras ser vencidos.
La escritura es, como decía, algo en mí que no desaparece. Una necesidad insaciable. Controlable, sí, pero que no se desvanece; pues la amo y ella me corresponde.
El pasado fue un año lleno de cambios. Sucedieron cosas nuevas, cosas inesperadas, nuevas ocurrencias y planes fracasados, pero es así como nace la experiencia. Desde la temprana infancia nos enseñan a temer el cambio; a buscar la seguridad, la protección, el cobijo. Pero nada nuevo y bueno se esconde en el confort. Somos seres complejos, llenos de capas y de ángulos. Según qué ojos, según qué circunstancias, varía la naturaleza de nuestras máscaras. Es la gente que permanece, la que ahonda en nuestras almas. Pues nadie es sólo bueno, malo, un ángel o despiadado.

En el año que ha pasado nació mi pequeñajo. En el año que ha pasado cambié de trabajo. Sigo en la universidad, aunque pase allí sólo un rato de tanto en tanto. Actualmente hago prácticas en el departamento de economía doméstica. Y pese a mi corta trayectoria, asumo ya muchas responsabilidades: trabajo y hago las cuentas, gestiono la logística, ayudo en casa y a veces entretengo al bebé, soy esposo y amigo, chófer de familia y malabarista financiero. Conlleva una gran responsabilidad y pese al gran volumen de trabajo, el margen de beneficios es francamente enriquecedor.

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